Durante los 10 años que trabajé en las transmisiones de GolfChannel Latinamerica, generalmente en el Web.Com Tour, tuve la misma sensación: las canchas, en su mayoría, no están preparadas acorde al nivel extraordinario de los jugadores que participan en esa gira. Muchas veces lo comenté al aire y en las Redes Sociales y la mayoría coincidía con esa visión. Algunos jugadores amigos que participaban en el circuito se enojaban y respondían con un “si es tan fácil, vení a jugar vos”. Siempre en tono amable y con la amistad que nos une. Pero ese no es el punto.
De más está decir que los jugadores que participan de esa segunda gira de Estados Unidos son extremadamente buenos. El nivel es superlativo porque, además, tal como lo vende el PGA TOUR, es el camino obligatorio para llegar a la elite del golf mundial. Aún más después de que sacaran hace tiempo la escuela clasificatoria con acceso al Tour mayor. Pero el problema, por decirlo de alguna manera, no son los jugadores, que día a día trabajan con mayor profesionalismo y con un contexto global que los hace cada día mejores. La tecnología es clave en ese desarrollo: los palos y las pelotas no detienen su avance y las canchas no se aggiornan a esa realidad que parece no detenerse. Tampoco las reglas o regulaciones de los máximos organismos de control pudieron, hasta ahora, ponerle freno a esa tecnología que deja en ridículo a muchos de los campos de golf que reciben a los mejores jugadores del mundo.
La pregunta que me hacía durante aquellas largas transmisiones es: ¿les divierte a los aficionados ver torneos en los que el score ganador es de 25 bajo par, 28 bajo par, incluso 30 bajo par? ¿Les gusta sentarse frente al televisor para ver casi un torneo de approach y putt? Claramente a mí no me divertía. Y disfrutaba las 4 o 5 semanas al año donde los jugadores enfrentaban desafíos mayores con campos acordes a su nivel, como Victoria National o la Scarlett Course de la Universidad de Ohio State, allí donde estudió el propio Jack Nicklaus.
“La diferencia es muy grande entre una gira y otra. La preparación de las canchas es la clave. En el PGA TOUR los fairways son mucho más angostos, las distancias mayores, los greens en general más rápidos y el rough más duro”, me decía hace unos años el argentino Fabián Gómez, ganador en ambos Tours. Y ahí está uno de los grandes desafíos para que esto cambie (si es que quisieran): generalmente el Web.com Tour no recibe con tanta antelación la cancha por parte de los clubes como sí lo hace el PGA Tour y entonces la preparación es totalmente diferente.
Esta semana, por ejemplo, en el Web.com Tour el ganador (el chino Xinjun Zhang) terminó con -26, ¡mientras que un jugador que hizo -10 quedó en el puesto 40! Son varios los torneos que terminan con números que dan escalofríos y que obligan a los jugadores de la gira a ser agresivos desde el primer golpe del torneo porque los pares muchas veces no sirven.
Por esto, el US Open es de los torneos que más disfruto porque el par tiene su valor y los birdies no abundan. Recuerdo aquella victoria de Angel Cabrera en el US Open de 2007 en Oakmont CC, quizás una de las canchas más exigentes de Estados Unidos. Fue grandiosa porque además de lo que representa un Major el Pato la consiguió en un campo de extrema dificultad, como Augusta National, donde también ganó. Es cierto, son torneos grandes y no los podemos comparar con un Tour de segundo nivel, pero el concepto es otro. ¿Disfrutar de los pares y un puñado de birdies? En mi caso, prefiero esa fórmula. ¿Y Ustedes?